miércoles, 21 de marzo de 2007

El Mito del Cadete

EL MITO DEL CADETE


En Epidauro, una nueva polis fundada hacia el siglo VIII a.C. por el dios Asclepio, el dios griego de la Medicina, vivía Iemus, un alumno de Sócrates y compañero de Platón, que ahora se disponía a ser profesor en esta nueva ciudad.

En su primera clase, había diez jóvenes alumnas a las que Iemus intentaba enseñar algo de cultura clásica. Pero era prácticamente imposible por las pocas ganas que le ponían sus alumnas. Iemus, desquiciado, cogió su Viejo Pelión (la lanza hecha de la madera de los árboles del Monte Pelión, el lugar donde vivía otro de sus maestros, Quirón, el entrenador de los héroes) también su escudo de cuero, y se marchó de la polis de Epidauro hacia Esparta, para ver si podía instruir allí a su joven nuevo Rey Leónidas.

Pero el dios Asclepio, preocupado por perder a uno de sus ciudadanos más ilustre, se apareció ante Iemus. Éste, asustado por su aparición, se quedó inmóvil, como petrificado. Asclepio enseguida le tranquilizó y le hizo ver que no tenía porque abandonar su polis ni sus quehaceres. Sólo tenía que hacer algo que motivara a las jóvenes alumnas. Y si nada se le ocurría para entretenerlas, si nada funcionaba de sus ocurrencias educativas, siempre podía ir al Oráculo de Delfos para preguntarle a la Pitonisa, aquella que todo lo veía, tanto el futuro, como el pasado.

Su camino hasta Delfos duró cinco días y cinco noches. A pesar de lo mucho que pensó, nada le parecía lo apropiado para hacerse con el interés de sus alumnas. En las puertas del santuario de Atenea Pronaia, en las montañas de Marmaria, Iemus se lavó y se deshizo del polvo del camino, para presentarse de forma decente y aseada frente a la famosa Pitonisa. En la entrada del Santuario de Apolo en Delfos había muchas esculturas, grandes tesoros, la roca Sibila y la roca Lethos, así como los famosos trípodes donde Iemus debía dejar su exvoto, su aportación al santuario y a cambio del cual, recibiría su predicción y su consejo. El único tesoro que Iemus llevaba consigo, era su invencible Pelión y su escudo de cuero, y fueron esas, sus armas, las que ofreció. Todo le parecía poco para conseguir su objetivo.



La predicción de la Pitonisa no fue muy clara, su respuesta, sibilina: Hablaba de cinco personas, un círculo, dos cestas y un juego.

Cuando Iemus llegó a su casa de Epidauro, sumido en un mar de dudas, comenzó a meditar lo que la Pitonisa le había dicho. Comenzó a fabricar las cosas que la vieja adivina le había dicho. Una circunferencia con unos trapos que tenía a mano, que al terminar dejó caer al suelo y que curiosamente botaba. Luego cogió dos cestas y las depositó en el suelo.

Tras varios días de meditación y sin ningún resultado, cogió su manojo de trapos circular y lo lanzó hacía los cestos, dando la casualidad que se metió en uno de ellos. Su hijo, que pasaba por allí en aquel momento, recogió la pelota de trapos del cesto y pareciéndole divertido, la lanzó al otro cesto, dándole mucha alegría pues la había metido dentro en un espectacular lanzamiento. Y fue esto precisamente lo que le hizo ver a Iemus la solución a la respuesta de la Pitonisa de Delfos: un círculo de trapos (la pelota), dos cestos (las canastas), cinco personas por equipo (las 10 alumnas divididas en dos equipos) y todo ello junto, un juego.

Al día siguiente, nervioso e ilusionado, Iemus llamó a sus 10 alumnas y les explicó el juego y entre todas modificaron algunas normas, como poner los cestos en alto, sólo poder jugar con las manos, tenían que botar los trapos para poder correr con ellos, etc. Contra más jugaban, más cosas le aportaban y más les gustaba ese nuevo juego, al que entre todos llamaron, Balonis Cestus. Pasaron a la historia por ser las primeras jugadoras de Balones Cestus femeninibus, junto a su profesor Iemus. Desde entonces existe el baloncesto y existe el equipo cadete femenino de la Escuela Deportiva Gregorio Gea.

MORALEJA: “No hay porqué abandonar los sueños propios de cada uno. Sólo hay que buscar nuevos métodos”